Tras las frías y escarchadas noches del inverno, con los primeros rayos de luz la perdiz roja empieza a emitir su canto peculiar. Reclama con su potente voz a las hembras, tratando de disuadir a su vez a otros machos montaraces.

Las perdices ocupan los linderos entre olivares, las tierras calmas y, adaptable como es, las montuosas laderas de la sierra, llegando a encumbrarse hasta prácticamente la cima de La Pandera.

La perdiz que escuchamos aquí vive en los retazos de vegetación natural que quedan entre los olivares de la campiña de Martos.

Unos meses más tarde, con la llegada de la primavera, los campos se teñirán por todas las gamas de verde salpicadas por policromadas florecillas. La campiña se verá desbordada por el trinar de trigueros, jilgueros y cogujadas, que llenan de colorido cada rincón.

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